7/29/07

Dante, soy Beatriz: Acerca de la Mirada Femenina.



'Dante and Beatrice', 1883, by Henry Holiday (1839 - 1927)



Dante, soy Beatriz: Acerca de la Mirada Femenina.
Antonieta Mercado


Dicen que Dante vio a Beatriz por primera vez cuando los dos tenían tan sólo nueve años. Después de este encuentro, él quedó prendado de su belleza y no la volvió a ver sino nueve años después, cuando se volvieron a cruzar sus pasos cerca del Ponte Vecchio en Florencia. En este segundo encuentro ella ya era una “donna” pues estaba casada.

La imagen de Beatriz quedó plasmada en la mente de Dante para siempre al grado de que fue la única mujer de la que dejó testimonio. Ni siquiera habló en sus obras de su esposa ni de sus amantes, que según Bocaccio, lúdico cronista y contemporáneo de Dante, fueron muchas.

Esa fue la impresión de deslumbramiento que le dejó la belleza y presencia de Beatriz a Dante, quien nunca cuenta haber sido visto por Beatriz que se dejó ver algunas ocasiones más, siempre acompañada de alguien, hasta que la temprana muerte la arrebató de las calles de Florencia y de la mirada indiscreta de Dante. Beatriz se convirtió así en la mujer ideal que guió a Dante por los cielos de su Divina Comedia.

Me pregunto que habría sido de la historia si Beatriz hubiera visto a Dante, o mejor aún, si además de verlo, ella hubiera dado cuenta del hecho, si hubiera utilizado la palabra para describir a un Dante desconocido para nosotros. Sin duda la historia hubiera sido distinta, conoceríamos a un Dante visto por una mujer y no solamente los testimonios del chismoso y divertido Bocaccio. Pero el silencio y la modestia de Beatriz eran importantes para su postrer glorificación en una sociedad en la que lo femenino era un objeto para admirar, glorificar o vituperar.

Han pasado muchos siglos desde la historia de Dante y Beatriz, ahora las mujeres podemos ver a los demás, incluso tenemos un día internacional de la mujer que nos reconoce y nos halaga una vez al año. Sin embargo me pregunto si esa capacidad de ver entraña el sentido de la mirada femenina. Los medios de comunicación y el cine de Hollywood nos atiborran todos los días de imágenes de mujeres “liberadas” que interactúan en un escenario más moderno que el del Renacimiento de Dante. Sin embargo, no vemos en éstas imágenes la proyección del ojo femenino, la gran mayoría de las mujeres seguimos tan ciegas como Beatriz y tan lejos de acercarnos a la comprensión del otro como ella.

En las películas, aún las más eróticas y “atrevidas” aún tenemos que deslizar la mirada a través de una cámara (probablemente manejada por algún hombre) que nos muestra predominantemente cuerpos femeninos. La literatura está plagada de este imaginario y casi siempre nos topamos con el hecho de que hasta los más osados personajes femeninos tienen que pagar el precio de la desnudez ante la mirada inquisidora masculina que les describe o les desconoce para que el atrevimiento liberador valga la pena.

Recientemente presenciamos una cadena de jovencitas universitarias “liberadas” exhibiendo senos y traseros enfrente de aficionadas cámaras de video que después se tornan en lucrativos videos pornográficos cuya venta se anuncia de noche, junto con los comerciales de la cerveza Budwiser.
El otro día, me recomendaron para contrarrestar mi permanente escepticismo que leyera un libro aparentemente serio sobre chamanes. Accedí a la recomendación con gusto, sin embargo inicié la lectura con mis acostumbradas dudas. Tan pronto había pasado algunas hojas, comencé a ver lo que era la vida un prominente chamán Yaqui quien decía que las mujeres chamanas eran mucho más poderosas que los hombres, aquí yo ya me interesaba en la lectura que me había parecido un tanto fantasiosa.

Cuando el autor, un hombre, describe su encuentro con una chamana, no tardó en empezar a describir detalles de su desnudez y su cuerpo firme y joven, nuevamente la mujer tenía que pasar por la prueba de la desnudez frente al ojo del hombre para mostrar su poder. Yo me quedé esperando una descripción similar de algún chamán masculino. El autor sólo aludió “tenía piernas fuertes para atravesar el desierto”.

No es difícil encontrar en literatura ejemplos similares, incluso en escritos de mujeres que emulan las descripciones masculinas sobre emociones propias. Sin embargo, la descripción de lo masculino a partir de lo femenino aún resulta coja, incompleta, timorata. Aunque ya haya ejemplos, sobre todo en la poesía, que es el arte más visual de la palabra.

No intento argumentar que el cuerpo desnudo es pecaminoso como lo han dicho muchas culturas extremistas en donde se obliga a la mujer a cubrirse con pesados y oscuros trajes para que no se “comercialice su imagen”. Pero debajo de esos trajes, su cuerpo sigue sin pertenecerle, ni qué decir de su mirada. Por el contrario, recuperar el cuerpo ha sido una de las conquistas del feminismo occidental, el problema es recuperarlo para qué.

En la sociedad occidental se contrarrestan los argumentos en contra de la cosificación de las mujeres en los medios de comunicación con la idea de que la mujer ejerce la libertad de mostrar su cuerpo a voluntad. Si esto fuera liberador, no tendría por qué ser malo. Pero en una época en la que las operaciones de senos e inyecciones de botox prometen a las mujeres volverse apetecibles para incitar el deseo del otro y así poder sentir su propio deseo, esta liberación resulta incomprensible, pues sigue dependiendo del ojo patriarcal que a voluntad mira, desea o libera.

Muchas mujeres en la actualidad han caído en la trampa de las imágenes de revistas y se sienten más presas que nunca de las dietas, la edad y la cirugía; para obtener la aprobación de la mirada del otro. Algunos hombres también empiezan a caer en este remolino del mercado de la imagen, ojalá que no lo hagan.

En las aberraciones de este asalto a la imagen femenina, presenciamos en los noticieros hace algunas semanas a una desquiciada mujer en Texas, que enfurecida atropella con el auto y mata a su mancornador marido, quien le había pedido operarse los senos y procurarse una imagen más esbelta y juvenil como condición para recuperar su atención.

Las mujeres hemos visto primordialmente con el ojo masculino, hemos escrito y expresado el amor con palabras masculinas, hemos callado también para ganarnos un lugar en lo público. En cierto momento imitar lo masculino nos catapultó de la esfera privada a la esfera pública, un ámbito que sigue siendo masculino. Ahora es preciso dejar de imitar y rediseñar lo social, lo político, lo erótico para poder recuperar la mirada, dejar de ser cosa, y evitar ante todo la cosificación del otro.

La llamada liberación femenina con su celebración anual será una fantasía si no va acompañada de una nueva forma de recuperar la vista y la palabra. De no ser así, en esta falsa representación de la conciencia, corremos el riesgo al igual que Beatriz, de olvidar que existe una contraparte por descubrir: lo masculino, que aun no pasa la prueba de nuestros ojos.

Originalmente publicado en el diario La Opinión de Los Angeles, el 9 de marzo del 2003.

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