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11/13/11

Diógenes, Alejandro Magno y el Poder del Sol

Deambulando por los senderos de la web, me encontré este poema (reproducido al final de esta entrada) sobre Diógenes y Alejandro Magno, escrito por Ramón de Campoamor en el excelente blog de Gabriel Laguna "Tradición Clásica".  

Hace una década yo sólo había escuchado que Diógenes era un sabio excéntrico y como no se sabía mucho de él, no le había puesto tanta atención como a Sócrates,  Platón o Aristóteles, que han sido las bases de mi formación teórica. Sin embargo, hace algunos años y un tanto cansada de las corrientes filosóficas basadas en la épica y el romanticismo, encontré una referencia sobre Diógenes. Diógenes, al igual que su maestro, Antístenes, formaban parte de una escuela de pensamiento llamada "los cínicos" (o los canes....pues cínico o kuniko, significa perro). Los cínicos eran profundamente escépticos de cualquier axioma o creencia (de allí que en inglés, cynical sea también sinónimo de escéptico).  

Antístenes y sus seguidores, entre ellos Diógenes, renunciaron a los bienes materiales, o por lo menos al exceso de éstos y se dedicaron a fomentar una vida autosuficiente y sencilla, sin el uso de esclavos y sin mayores posesiones materiales. Recordemos que Diógenes era un ciudadano de Atenas, al igual que Sócrates y Platón, pero que renunció a su ciudadanía, o por lo menos a los privilegios que ésta le otorgaba y vivió una vida sencilla en lo material, aunque compleja en lo filosófico. Diógenes en algún momento fue capturado y vendido como esclavo mientras deambulaba fuera de la Polis (de eso hablaré en otro post). 

La escuela de Antístenes, los cínicos se convirtió en crítica temprana de la democracia y sus exclusiones: Los que querían unirse a los cínicos, dejaban de ser esclavos, aun cuando no tuvieran bienes materiales, pues la apuesta era la autarquía (autosuficiencia), de igual forma, las mujeres también eran consideradas iguales. El ejemplo de Hipparchia --una cínica muy interesante-- lo demuestra. Muchos vagaban de ciudad en ciudad, criticando las creencias y los dioses de cada una. Al final los cínicos concluyeron que las creencias y los mitos fundacionales de cada sociedad también eran relativos, así es que se mostraban profundamente escépticos de cualquier intento chauvinista de creer que el sitio en donde uno nació y creció es mejor que cualquiera, o que la cultura o el dios o dioses propios son mejores que los ajenos. ¡Vaya grandioso fundamento para una cultura más pacífica! Cosa que el romanticismo y la cultura épica no han logrado....de allí que sea tan aceptable igualar a la guerra y al amor. ¡Cuánta falta nos hace un poco de escepticismo cínico cuando nos enrolamos en peleas épicas y en propósitos románticos!

Lo más asombroso de mi primer encuentro serio con Diógenes fue saber que cuando le preguntaron que por qué había abandonado Atenas como su principal ciudad y deambulaba de pueblo en pueblo, él les contestó que porque él era un "kosmopolita" o un ciudadano del mundo. Aquí es que por primera vez se acuña ese término, que a mí me había siempre parecido elitista, pues siempre lo asociaba con gente de mucho dinero....brindando con martinis en algún sitio en Europa. No se rían, uno tiene sus asociaciones chistosas con respecto al lujo y el elitismo. 

Pero no era así, los cosmopolitas (los cínicos, o escépticos), no eran elitistas, sino todo lo contrario. Fueron los primeros críticos en serio de las exclusiones de la democracia, y fueron promotores de una vida sencilla, con comunidades políticas más o menos sostenibles, aunque éstas últimas no fueron desarrolladas por los cínicos, sino más bien por los estoicos un poco más tarde. 

Lo que más disfruté de leer las anécdotas que Diógenes Laercio (tocayo de Diógenes de Sínope) escribió 300 años después de la muerte de Diógenes, fueron los encuentros entre Diógenes y Platón, en los cuales el primero siempre mostraba su rechazo al tirano en turno, mientras el segundo (Platón) no tenía muchos problemas en ser más cortesano. Después de todo, no cualquiera renuncia a sus privilegios y recordemos que en ese entonces (al igual que en muchos lugares ahora), sólo unos cuantos tenían el privilegio de ser ciudadanos. 

En ese momento yo estudiaba el concepto de transnacionalismo migratorio, y nunca se me había ocurrido (ni se me ocurrió sino luego de algunos años más), pensar en Diógenes como un revolucionario y un crítico temprano de la democracia. Esa fue una asociación que hice después, cuando me atreví, a pesar de todas las reticencias, a utilizar el término "cosmopolita" como unidad de análisis importante para describir el transnacionalismo migratorio. ¿cómo van a ser cosmopolitas los migrantes --escuché muchísimas veces-- si son tan pobres? 

Pobres quizá, en lo material, pero no en lo cultural, al igual que  Diógenes el cosmopolita. 

Como a todos los que nos gusta y estudiamos la teoría política, muchos fuimos educados pensando que la democracia era el sistema político perfecto. Luego que crecimos e hicimos más lecturas por nuestra cuenta, nos quedamos con la idea de que por lo menos, la democracia era el sistema menos malo (dadas las alternativas). Así es que si nos dedicábamos a las ciencias sociales, era un requisito pensar que la democracia (al menos en su forma ideal) era palabra sacrosanta. 

Leer a Diógenes, y entender el cosmopolitismo como una crítica sensata a las exclusiones de la polis, fue una lectura distinta y refrescante. Una nueva forma de concebir la práctica ciudadana. Fue tan importante que al final, escribí una tésis sobre esto. Por esa razón...por el momento dejaré el comentario sobre Diógenes y su corriente filosófica (que abordaré en otras futuras entradas) para introducir ahora el poema de Campoamor. 

En este poema Campoamor describe en verso, la anécdota que cuenta Diógenes Laercio sobre el encuentro entre Diógenes de Sínope y Alejandro Magno. Este último, aparte de vivir obsesionado con la guerra, el poder y la conquista,  vivió obsesionado con Diógenes, ustedes se darán cuenta por qué.  Aquí la anécdota: 

"Estaba un día Diógenes (el de Sínope) acostado tomando el sol, cuando llega Alejandro Magno y le dice  --Yo soy Alejandro Magno--- A lo que Diógenes contesta  --Y yo soy Diógenes el cínico---. ¿Por qué no me temes? le dice Alejandro. --¿eres una buena cosa o una mala cosa? responde Diógenes. Alejandro inmediatamente le dice  --Soy una cosa buena. Entonces Diógenes replica --pues no te tengo miedo, ¿quién tiene miedo de las cosas buenas?  Alejandro contrariado le responde ---Diógenes, dime ¿qué puedo hacer por tí? A lo que el filósofo revira --por favor, hazte a un lado que me estás tapando el sol. 

Aquí el Poema de Campoamor


Las Dos Grandezas
Ramón de Campoamor




Uno altivo, otro sin ley,
así dos hablando están. 
-Yo soy Alejandro el rey. 
-Y yo Diógenes el can. 


-Vengo a hacerte más honrada
tu vida de caracol.
¿Qué quieres de mí? --Yo, nada;
que no me quites el sol.


-Mi poder...-Es asombroso,
pero a mí nada me asombra.
-Yo puedo hacerte dichoso.
-Lo sé, no haciéndome sombra.


-Tendrás riquezas sin tasa,
un palacio y un dosel.
-¿y para qué quiero casa
más grande que este tonel?


-Ricos manjares devoro.
-Yo con pan duro me allano.
-Bebo el Chipre en copas de oro.
-Yo bebo el agua en la mano.


-¿Mandaré cuanto tú mandes?
-¡Vanidad de cosas vanas!
¿Y a unas miserias tan grandes
las llamas dichas humanas?


-Mi poder a cuantos gimen
va con gloria a socorrer.
-¡La gloria! capa del crimen;
crimen sin capa ¡el poder!


-Toda la tierra, iracundo,
tengo postrada ante mí.
-¡Y eres el dueño del mundo,
no siendo dueño de ti?


-Yo sé que, del orbe dueño,
seré del mundo el dichoso.
-Yo sé que tu último sueño
será tu primer reposo.


-Yo impongo a mi arbitrio leyes.
-¿Tanto de injusto blasonas?
-Llevo vencidos cien reyes.
-¡Buen bandido de coronas!


-Vivir podré aborrecido,
mas no moriré olvidado.
-Viviré desconocido,
mas nunca moriré odiado.


-¡Adiós! pues romper no puedo
de tu cinismo el crisol.
-¡Adiós! ¡Cuán dichoso quedo,
pues no me quitas el sol!-


Y al partir, con mutuo agravio,
uno altivo, otro implacable
-¡Miserable! dice el sabio;
y el rey dice: -¡Miserable!




7/22/07

Migrantes Mexicanos y Democracia Transnacional

Migrantes mexicanos y democracia transnacional

Publicado originalmente en el quincenla La Nueva Era
Los Angeles 15 de Febrero, 2004

Antonieta Mercado

Los desplazamientos de población de un país a otro, contemporáneos de la llamada globalización, han traído consigo actividades poco usuales en distintas áreas de la vida. Uno de los fenómenos más interesantes, propios de las comunidades inmigrantes es el llamado transnacionalismo, que se extiende a todos estos ámbitos de la vida del inmigrante, y que da lugar a la creación de una esfera de intercambio entre el país de origen y el país huésped. Este intercambio se realiza a través de innumerables interacciones personales, económicas, sociales, culturales y desde luego, políticas.

En el caso de los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, la existencia y expansión de los llamados “clubes de oriundos” ilustra este fenómeno transnacional. Los clubes de oriundos son organizaciones filantrópicas y voluntarias que se encargan de conservar y fortalecer los lazos entre los pueblos de origen y las comunidades de destino de los inmigrantes. En Estados Unidos hay aproximadamente un millar de estos clubes de mexicanos, 250 de éstos en la ciudad de Los Ángeles. Muchas de sus actividades tienen que ver con la realización de obras y mejoras en la comunidad de origen, así como el envío de remesas y la creación de programas como el 3x1, en los que por cada dólar que envían los inmigrantes para realizar obras públicas, el gobierno federal, estatal y municipal en México, añaden otro.

En la comunidad receptora, los clubes de oriundos organizan actividades culturales y de recreación para preservar los valores familiares y sociales, así como para fortalecer los lazos comunitarios entre sí. Asimismo, estas agrupaciones ejercen funciones de seguridad social como la recaudación de fondos para atenuar la falta de recursos de los inmigrantes en cuestiones de salud y emergencias, como la muerte de familiares o amigos.

A medida que los clubes de oriundos y sus actividades (sobre todo el envío de remesas) han cobrado relevancia, la demanda por la participación política en las comunidades de origen en México ha aumentado también. Muchos opositores a esta demanda argumentan que la política que quieren ejercer los inmigrantes está orientada por la “nostalgia” de la tierra y que sería mejor que participaran en el lugar en donde viven. Aunque mucho hay de esa nostalgia, lo cierto es que existe un motivo bastante pragmático en la lucha por los derechos políticos a distancia: el de ejercer estos derechos en donde se es ciudadano y así recobrar cierto poder de negociación y salir de la posición marginal a la que conduce el movimiento y adaptación de un país a otro.

Los inmigrantes al trasladarse del Estado emisor al receptor, pierden sus derechos políticos fundamentales como el de votar y ser votados. Muchos de ellos jamás recuperarán estos derechos por distintas razones, pero la principal es el largo camino que implica la legalización e incorporación ciudadana a la comunidad receptora, así como los lazos que se siguen manteniendo con el estado expulsor. En un continente como el americano en el que la democracia es un valor fundamental, resulta paradójico que exista una población flotante de millones de inmigrantes que se encuentra incapacitada para ejercer derechos ciudadanos, máxime cuando la influencia de estos inmigrantes es clara sobre todo en el ámbito económico y de intercambio cultural.

El no tener derechos políticos para los inmigrantes implica no tener voz, no tener representación y el hecho de que siempre tendrán que ser representados a través de terceros, convirtiéndose así en ciudadanos del limbo, desplazados de los ámbitos de ejercicio democrático, comúnmente ignorados y sujetos a todo tipo de vaivenes y cambios sociales. Nadie podrá negar que ser inmigrante en Estados Unidos y no tener influencia política, es un estatus riesgoso después del 11 de septiembre.

Los logros y conquistas de cualquier grupo o movimiento social no se alcanzan solamente con la incorporación silenciosa e individual a través de las generaciones, muchos de estos logros se alcanzan subvirtiendo el orden, demandando que se reconozcan las prácticas que ya se dan de facto. De la costumbre nacen la mayor parte de las leyes. Sin duda resultará interesante la manera en que las actividades de los inmigrantes den forma al ejercicio de la democracia moderna.